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Un país

Cuando volví  pregunté por ella, mi piel la detuvo frente a la puerta de este barrio. Su pelo cada vez más oscuro bendiciendo un camino nuevo. Su mirada fue compatible y entre una sonrisa cómplice con el pasado la traigo del otoño. ¡Nos vemos luego! Miro hacia el sur, toco su espalda, vuelvo a sus ojos; nos despedimos. Ya no hay nada acá. Se quebró el suelo como en la mayor sequia. Y ahí está Kusturica rompiendo una Isla que dice ser la República. Después de mentiras, amores bélicos y destrucción masiva de la soberanía propia. Puede no ser verdad pero que bien sabe esta historia. Alguien considera que puedo emigrar a su colchón Me niego a las nuevas oportunidades tras la línea de llegada. Que esta lucha sea más bien una guerra de dos en la Nación de un primer piso.

de colores te hicieron.

Por la mañana te imaginé de sobretodo puede que sea por la lluvia. Llevabas los pies descalzos dedos largos, como los de tus manos. Ibas hasta el río, intenté seguir el ritmo de tus pasos Hay algo inútil en todo esto. Te sigo,  te escucho. Te cubriría con mi paraguas, pero ¡te ves tan bien así! Tu pelo resultó largo Tus ojos brillan con el reflejo de las gotas y el día gris El río no te quita color; brillas. Roja.

micro

/ De ida, la ciudad estaba fría a la vuelta, se volvió pueblo. "¡Hasta luego, Don!"

La Sombra del Viento

EL CEMENTERIO DE LOS LIBROS OLVIDADOS Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atra­pada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derra­maba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido. —Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi padre—. Ni a tu amigo Tomás. A nadie. —¿Ni siquiera a mamá? —inquirí yo, a media voz. Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida. —Claro que sí —respondió cabizbajo—. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo. Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre ...

H. Channel

Lo que no entendiste era simple como este mate lavado desde las ocho de la mañana. Yo estaba a la misma distancia esperando que dentro de esas horas puedas acercarte. Pero nada te desvió de la mentira amarga como esta misma yerba. Empiezo a maldecir como últimamente acostumbro. Que inocencia perdiste en pocas palabras tan vulgar, como yo ahora, al escribir gritando cada una de estas palabras Quedate lejos. Voy a guardar tu voz entre los libros de historia.

Tiro al Blanco

miedo que al descolgar la guitarra se hace vértigo y extrema felicidad.